martes, 1 de marzo de 2011

Para leer en un rato libre

Una mañana como tantas otras desperté. Los rayos de sol bañaban la habitación de paredes blancas. La busqué a mi lado y no la encontré. La almohada conservaba algunos cabellos castaños que ella solía dejar por cualquier lado.
Me sorprendió no encontrarme con el aroma a café recien hecho y a tostadas calientes, siempre despertaba antes que yo, y cuando yo le preparaba el desayuno se quejaba de mi café quemado y mis tostadas pálidas.
Me levanté y aún mareado pude observar como un arco iris cruzaba la habitación y goteaba agua de colores. Me preocupé, pues ella lloraba de esa manera solo cuando estaba triste, jugo de naranja cuando estaba feliz y lluvia cuando estaba melancólica y se acompañaba con algún tango.
La busqué en la cocina, pero allí solo estaba el arco iris; luego en el living y los siete colores también pasaban por allí: por los sillones, por el diario con olor a tinta fresca y por los cuadros, donde había plasmado hermosos tonos. El arco iris se colaba por debajo de la puerta del baño, giré el picaporte y en vez de encontrarme con un duende y una olla repleta de oro, la encontré a ella, con su rostro y cuerpo manchado de verde, violeta, naranja, amarillo, añil y azul. Y de rojo, un rojo que salía a borbotones de sus muñecas.

4 comentarios:

Francisco Sola dijo...

lindo post :)

Jr. dijo...

Yo no definiría al suicidio como lindo... es un "morbo" muy bien narrado.

mai dijo...

hermosa manera de escribir ...
como siempre un gusto pasar por acá :)

F dijo...

me gusta, me gusta ♥