domingo, 3 de julio de 2011

Epifanía

La niña toma el caleidoscopio.
Observa por la mirilla con su ojo que es de un tono medio entre verde y miel, admirado por tías mayores de la familia. Hace girar el tubo entre sus finos dedos mientras se adentra en un mundo espejado, una vida cristalina continua y repetitiva de luces, sombras, colores, formas indefinidas.
¿Cuántas veces se puede ver ese mate, esa reja, esa flor, esa nube? Siente que cada reflejo es una parte de sí misma, que se ha dividido en quien sabe cuántas partes y se refleja en un mundo de cartón. O quizá se da cuenta de que los reflejos no son reflejos sino ojos, miles de ojos que la observan por dentro, que pueden ver todos sus sentimientos.
De pronto un ojo distinto a los demás, un ojo celeste la mira del otro lado del oscuro tunel, la mira fijamente, no parpadea y se crea una guerra de ojos: Uno celeste contra otro verde- miel, un ojo del otro lado que la mira y basta con eso para revelarle la infinidad del universo, para brindarle toda la belleza, para mostrarle toda la verdad.

1 comentario:

Gastón. dijo...

Esta muy bueno tu blog che, te mando un abrazo.